«El lobero era asilvestrado y eficaz» (Heraldo de Aragón, 1/10/2015)

(Entrevista de Antón Castro para el suplemento Artes&Letras del Heraldo de Aragón, 1 de octubre de 2015)

ENTREVISTA: Carles Terès publica la edición en castellano de Licantropía

«El lobero era asilvestrado y eficaz»

¿Desde cuándo escribes?

Escribo desde siempre, pero las circunstancias de la vida y mis prioridades no me han permitido desarrollar nada de entidad hasta Licantropía.

¿Cómo compaginas tu profesión de diseñador gráfico con la literatura?

Lo compaginé durante el tiempo de escritura de la novela. Lo hice a costa de mi vida familiar y los pocos instantes de ocio de los que disponemos los autónomos. A partir de entonces me ha sido imposible repetir la experiencia. Solamente mis colaboraciones con la prensa y algún apunte para un futuro más propicio.

He leído que te tomaste como un año sabático para escribir esta historia. ¿Tan seguro estabas de ella, era para ti una oportunidad, querías saldar una vieja deuda?

El año sabático lo tomé, como te he comentado, a costa de mi familia. El trabajo imposible dejarlo porque en casa tenemos la mala costumbre de comer cada día. Pero en cierto modo tienes razón, cuando se me encargó que escribiera una novela para la colección «Lo Trinquet» de la Diputación de Teruel, sentí aquello del «ahora o nunca».

¿Cómo nace este relato, qué querías contar, qué te obsesionaba?

Este relato nace en 2004. Mi padre estaba ya muy enfermo y viajábamos con frecuencia a Barcelona con el tren desde Caspe. Eran cuatro interminables horas durante las cuales mi hija mayor (entonces tenía 10 años) y yo nos entreteníamos inventando historias, preferentemente “de miedo”, inspiradas en los paisajes desolados que desfilaban tras la ventanilla.

Cuando en 2010 el doctor Artur Quintana me propuso escribir una novela, me acordé de aquel pequeño relato que dormía en una de las múltiples libretas que voy rellenando. El tema de la licantropía se me apareció entonces en una nueva dimensión: la de la dualidad humana, lo racional enfrentado a —o complementado por— lo instintivo. Nada de monstruos peludos, sino algo más sutil. Algo que es inquietante porque nunca llegas a estar seguro de su existencia. Solo lo intuyes. O lo imaginas.

Es una novela en dos planos: uno, perturbador, que transcurre con mosén Magí, hacia 1759, y otro más reciente, en apariencia más tranquilo. ¿Por qué esos dos planos?

Mi deseo era explicar una historia de personas normales, con sus problemas y alegrías, más bien felices, pero en cuya cotidianidad se introduce un elemento oscuro, turbador, que les enfrenta a una realidad que no habían sospechado —…o quizá sí—. Esa realidad, como tantas cosas en la vida, tiene un origen lejano, atávico incluso. Sucede en los pueblos pequeños: todos acarreamos los hechos de nuestros antecesores; hechos que conocen nuestros vecinos, aunque sea de manera distorsionada. Esto, para alguien que llega de una gran ciudad, es una novedad no necesariamente desagradable, pero que puede resultar asfixiante. En este caso, los personajes se enfrentan a un pasado que va más allá de la memoria familiar; un pasado que ignoran pero que ahí está, latente.

Durante bastantes páginas el misionero se traslada a un lugar inquietante. ¿Qué ocurre ahí? Avanza solo lo que puedas…

Le ocurre que, queriendo “redimir” a las gentes que habitan los bosques (los «montaraces»), acaba enfrentado a una fuerza que sobrepasa todas sus expectativas. Su fe no se tambalea, pero se da cuenta de que, como hombre, está expuesto a la vida en estado puro, esa vida que desborda los cauces de lo que él considera correcto.

¿Quiénes eran los loberos, qué hacían, cómo se relacionaban con la población?

Los loberos eran personajes que mantenían a los lobos alejados de los rebaños. Los propietarios del ganado les pagaban una “iguala” (el mismo tipo de cuota que hasta hace bien poco se pagaba al médico o al veterinario) para que sus animales no sufrieran los ataques de las jaurías. Eran gente muy asilvestrada, rodeados de leyendas. Sus métodos eran un misterio, pero debían ser eficaces.

¿Era, o aún es, el lobo un animal maldito?

Para la gente que ha vivido siempre en los pueblos —mi mujer, sin ir más lejos—, el lobo no es una grata compañía. En casa han oído terribles historias sobre estos animales de boca de padres y abuelos. En cambio, para los que proceden de la ciudad, es una bella criatura que mantiene el equilibrio ecológico, controlando la plaga de jabalíes que asola nuestras comarcas, por ejemplo. Yo estoy en medio: Me encantan los lobos pero, a la vez, no sé si podría hacer mis largas y tranquilas caminatas por las montañas de Torre de Arcas sabiendo que puede haber lobos acechando.

Aquí vemos a una familia más bien noble y a sus sirvientes, sombríos…, aunque vemos que todos tienen sus secretos… Hablemos de los personajes… ¿Podrías retratarlos un poco?

Partí de un personaje real que fue ejecutado por lobero y brujo en un pueblo cerca de Olot el año 1619. Imaginé que sus descendientes (si los tuvo) acabaron en las tierras del alto Matarraña, haciendo fortuna y, por tanto, enemigos. Este linaje pervive hasta nuestros días, aunque oculto entre los vericuetos de la historia. Los protagonistas actuales, Laura y Llorenç, son personas normales, activas, de esas que han elegido quedarse en el pueblo y hacer de él “su paraíso particular”. También está Agustí, hermano de Laura, un solterón excéntrico, muy inteligente y, sobre todo, muy libre. Todos ellos van zigzagueando por los límites de lo normal y lo inexplicable. Unos lo asumen con naturalidad y otros con angustia. Al final cada uno va encontrando su destino. Para bien o para mal.

Citas entre tus referencias a Lovecraft, Poe, Sánchez Piñol, pero también podrías citar a Valle-Inclán, quizá, y a algunos maestros del terror como Horace Valpole, Bram Stoker, ¿no te parece?

Efectivamente, aunque quizá el escritor que más me influyó fue Joan Perucho. Su manejo del lenguaje era tan perfecto que no importaba sobre qué escribiera. La lectura de sus cuentos y novelas me abrió los ojos a la amplitud del idioma que hablábamos en casa, que entonces todavía muchos llamaban «chapurriau». Perucho tenía la virtud de combinar lo misterioso con lo cotidiano, la poesía con la precisión. Y ponía su inmensa erudición al servicio de la ficción, de tal manera que nunca sabías donde acababa lo histórico y dónde empezaba lo inventado. Otros escritores que asoman por ahí son Arthur Machen, Ambrose Bierce, R.W. Chambers, Shirley Jackson, Borges…

¿Cómo es la traducción, o la versión de Chusé Aragüés, con respecto al original?

Me hizo muchísima ilusión que una editorial aragonesa como Gara d’Edizions me llamara interesándose por la publicación de Licantropía en castellano. Chusé se me ofreció también para hacer él mismo la traducción, como ya había hecho con Jesús Moncada, uno de los mejores narradores aragoneses que, como todos sabemos, escribía en catalán.

Fue un trabajo laborioso, ya que en la novela original tenían una cierta importancia los diferentes registros dialectales de los protagonistas. Le aconsejé que obviara esta faceta y se centrara en la trama de la novela. También le sugerí que usara un castellano lo más estándar posible. Al hacer las correcciones, aproveché para pulir algunos aspectos que, a la luz del nuevo idioma, me resultaban prescindibles. Fue un fructífero trabajo en equipo. Creo que el resultado es muy satisfactorio.

Te defines como un escritor aragonés en catalán. ¿Podrías matizarlo un poco más, existe el catalán en Aragón, cuál es la posición de los autores en catalán?

Es un hecho que el catalán se habla en Aragón desde hace siglos. No lo digo yo, pobre de mi, sino todas las universidades del mundo, empezando por la nuestra, la de Zaragoza. A su manera, a mí ya me lo enseñaba mi yayo Ramón de Cretas, cuando nos bañábamos en lo riu Algars y me hacía la broma: «Aquí parlo xapurreau…» nadaba a la otra orilla, término de Arnes, y seguía: «…i aquí català».

La posición de los autores aragoneses que escribimos en catalán no es fácil. Primero porque debemos aprender su ortografía por nuestros propios medios. Segundo porque, por el simple hecho de escribir en nuestra lengua, hay gente que nos acusa de posicionarnos políticamente, cuando es —o debería ser— lo más natural del mundo. Tercero porque, al no ser catalanes ni valencianos ni baleares, quedamos fuera de los circuitos literarios de esas comunidades, donde nuestro idioma sí es oficial y se apoya en una industria editorial relevante. Lo peor de todo es que, a nivel literario, en Aragón somos invisibles.

Otro asunto: ¿cuál ha sido tu trabajo con el lenguaje, cómo te lo has planteado, cómo definirías tu trabajo de campo?

En la versión original tuve mucho cuidado en mantener las diferencias entre las variantes del catalán hablado en la parte alta del Matarraña y el de la parte baja. Para ello fueron de suma ayuda los amigos que tengo esparcidos por todos los pueblos.

En la traducción, como ya he comentado anteriormente, preferí que Chusé usara un castellano más estándar, sin aragonesismos ni localismos que pudieran despistar al lector, ya que, según mi opinión, el juego dialectal del original podría quedar desvirtuado, postizo. Revisando la versión castellana he constatado la maravilla que supone ser bilingüe. Dos idiomas hermanos como el catalán y el castellano ofrecen soluciones diferentes a cada necesidad comunicativa.

Aragón tiene un Director General de Política Lingüística. ¿Te hace concebir esperanzas?

Cualquier cosa que ponga el foco sobre las lenguas patrimoniales de Aragón, llamándolas por su nombre y considerándolas una riqueza de la que todos los aragoneses somos propietarios, es positiva. La esperanza, después de tantos años de invisibilidad, la dejo en la nevera hasta que se materialicen los hechos. No quiero volver a hundirme en la decepción.

Antón Castro

Entrevista de Antón Castro. Artes&Letras, Heraldo de Aragón 1 de octubre de 2015

Entrevista de Antón Castro. Artes&Letras, Heraldo de Aragón 1 de octubre de 2015

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